El hombre en busca de sentido

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EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO

De este libro hay que destacar su estilo desapasionado, objetivo y nada morboso de la narración. Escrito en primera persona, el autor y psiquiatra, Viktor E.Frankl,  cuenta sus vivencias en los campos de concentración. Relata la crueldad con la que los soldados de las S.S maltrataban a los prisioneros y a su vez explica como incidía la vida en el campo de concentración en la mente del prisionero medio. Esta experiencia le llevó al descubrimiento de la logoterapia. El mismo sintió en su propio ser lo que significaba una existencia desnuda. ¿Cómo pudo él que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminio, cómo pudo aceptar que la vida fuera digna de vivirla? El psiquiatra que personalmente ha tenido que enfrentarse a tales rigores merece que se le escuche, pues nadie como él para juzgar nuestra condición humana sabia y compasivamente. Las palabras del doctor Frankl alcanzan un temple sorprendentemente esperanzador sobre la capacidad humana de trascender sus dificultades y descubrir la verdad conveniente y orientadora.

Si se es capaz de tomar distancia cuando a uno le ha tocado vivir ese tipo de experiencias, es indudable que nos encontramos ante un ser singular.

Hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la <raza> de los hombres decentes y la raza de los hombres indecentes” (…) ¿Quién es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que inventó las cámaras de gas, pero también es el ser que entró en ellas con paso firme y musitando una oración.” En el catálogo de actitudes que describe Viktor Frankl nos encontramos todos los registros de los que es capaz el ser humano: desde compartir tu único mendrugo de pan hasta… ”los mejores de entre nosotros no regresaron a casa”.

Mientras aguardábamos la ducha, se hizo patente nuestra total desnudez, en su sentido más literal: el cuerpo, sin pelo, y nada más. Nada. Tan sólo poseíamos la existencia desnuda”. Es difícil encontrar un párrafo más evocador. En semejante situación, ¿qué le queda a un hombre?

Qué verdad encierra la afirmación de Dostoievski  cuando define al hombre como el ser que se acostumbra a todo”. Cuando uno conoce, aunque sea a través de un libro, los límites que ha sido capaz de soportar el ser humano, no tiene por menos que sentir una sincera admiración por estas acciones sobresalientes.

Entonces percibí en toda su hondura el significado del mayor secreto que la poesía, el pensamiento y las creencias humanas intentan comunicarnos: la salvación del hombre solo es posible en el amor y a través del amor”. Esta afirmación, cargada de trágica profundidad, le confiere una dimensión al Amor que va más allá de la concepción limitada de amor personal que solemos procesar por nuestros seres queridos. No se trata de rodearse de gente para no sentir la soledad, sino de aprovechar el enorme poder que reside en la fuerza del Amor para levantarse de puntillas sobre nuestras pequeñeces mejorando nuestras vidas y la de los demás.

Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas – la elección de la actitud personal que debe afrontar frente al destino – para decidir su propio camino” (…) “En conclusión, cada hombre, aún bajo unas condiciones tan trágicas, guarda la libertad interior de decidir quién quiere ser – espiritual y mentalmente –, porque incluso en estas circunstancias es capaz de conservar la dignidad de seguir sintiendo como un ser humano.” (…) “Y es precisamente esta libertad interior la que nadie nos puede arrebatar, la que confiere a la existencia una intención y un sentido”.  No podemos dejar de pensar que estas palabras fueron escritas por un superviviente de los campos de concentración nazis. En ese contexto adquieren una dimensión que, como primera consecuencia para el lector, cualquier circunstancia personal queda reducida a la nada.

Cualquier hombre, en toda su existencia, se verá cara a cara con su destino y siempre tendrá la oportunidad de conquistar algún valor por vía del sufrimiento, por vía de su propio sacrificio”. Ante la resignación, la cobardía o la molicie, existe la firme determinación de enfrentar la vida con valor y sacrificio. Pensemos que el valor no es ausencia de miedo, sino la capacidad de cumplir con nuestro deber sin claudicar ante los fantasmas de nuestra mente que tratan de fijar nuestros pies al suelo impidiéndonos caminar.

En realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino que la vida espere algo de nosotros. Dejemos de interrogarnos sobre el sentido de la vida, y en cambio, pensemos lo que la existencia nos reclama continua e incesantemente. Y respondamos no con palabras, ni con meditaciones, sino con el valor y la conducta recta y adecuada. En última instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la vida nos plantea, cumplir con las obligaciones que la vida nos asigna a cada uno en cada instante particular”. Cualquier comentario está de más.

Sin embargo, yo afirmo que nosotros no inventamos el sentido de nuestra vida, nosotros lo descubrimos”. Esta idea podría subscribirla cualquiera que acepte la existencia de un dharma-destino individual. “Los campos de concentración nazis dan fe de que los prisioneros más aptos para la supervivencia resultaron ser aquellos a los que esperaba alguna persona o les apremiaba la responsabilidad de acabar una tarea o cumplir con una misión.” Tener un proyecto de vida, una meta por la que valga la pena levantarse cada mañana y que dé sentido a lo que hacemos. He ahí una de las claves que nos llevan a la plenitud.

El hombre no necesita realmente vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta o una misión que le merezca la pena. Vivir sin tensiones a cualquier precio no resulta un proceder psicohigiénico, es más beneficioso sentir la urgencia de una misión por cumplir o el apremio del cumplimiento del deber.” Con estas palabras cerramos los comentarios a las ideas de Viktor Frankl, sintiendo la necesidad de descubrir cuál es nuestro deber y decididos a cumplirlo.